Desmontando los “mitos románticos” del amor

El  concepto de amor es una construcción cultural que ha sufrido cambios a lo largo de la historia, definiendo los vínculos que deben existir o no entre el afecto, el matrimonio y el sexo.  Se ha visto influido por los distintos modos de organización social, en los que ha variado el poder e igualdad que se ha otorgado a hombres y mujeres desde la esfera más íntima de la pareja  hasta la esfera de lo social. Esta construcción cultural del amor se adquiere a lo largo del proceso de socialización, que toma como punto de partida el momento del nacimiento.


En la antigua Grecia las relaciones afectivas estaban fuertemente relacionadas con el ámbito sexual y claramente separadas del matrimonio, en donde se aceptaba la relación heterosexual que otorgaba a la mujer un papel meramente reproductivo y desligado de la sexualidad o el placer erótico. Durante el Imperio romano, el placer erótico también estaba desligado del matrimonio y se atribuía a conquistas esporádicas y ocasionales. En la Edad Media el amor, el matrimonio y el placer sexual eran vistos como tres entidades satisfechas en relaciones independientes; entre los siglos XVI y XVII continuaban existiendo el matrimonio de conveniencia y el amor romántico no sexual; es desde los inicios del siglo XIX cuando surge la conexión entre los conceptos “amor romántico”, matrimonio, y sexualidad que llega hasta nuestros días, alcanzando en las últimas décadas  el punto más álgido en la cultura occidental, al considerar que es el “amor romántico” la razón fundamental para mantener relaciones matrimoniales y que estar “enamorado/a” es la base fundamental para formar una pareja y permanecer en ella, de modo que este tipo de amor se hace popular y normativo. El matrimonio aparece como elección personal, amor  y satisfacción sexual deben lograrse en el matrimonio.
Actualmente, la mayor parte de las sociedades giran entorno al poder del varón y el consiguiente patriarcado. Esta forma de organización social está basada en la capacidad reproductiva de la mujer para justificar los distintos roles de género, de modo que se fomenta el papel del hombre en el ámbito público de control y poder, subordinando a la mujer al ámbito de lo privado, en papeles de cuidado de su prole. Para ello es necesario que los agentes de socialización (escuela, religión, familia, medios de comunicación, etc…) hagan su labor desde el momento del nacimiento y adoctrinen a niños y niñas según lo que se espera de su género, en un proceso de socialización diferencial.
El sistema económico capitalista dio la posibilidad de independencia económica a la mujer, que entró a formar parte de un sistema que la necesitaba, en un primer momento, como mano de obra más barata. El consumismo, en el que se basa el capitalismo, necesitaba retroalimentarse dando la posibilidad a las familias, que ahora con dos sueldos, podían aumentar el consumo y mantener más cómodamente el sistema. 

El feminismo acompañó desde el inicio este movimiento, en el que se hacía cada vez más necesario igualar los derechos entre hombres y mujeres, tanto en el mundo laboral como social y familiar, avalado por el poder económico creciente de las cada vez más “mujeres trabajadoras remuneradas”. Pese a ello, la situación actual dista de ser totalmente igualitaria y los valores tradicionales que subordinan a la mujer al varón continúan transmitiéndose en nuestra sociedad. Como ejemplo, podemos observar los movimientos que equiparan el feminismo al machismo con la intención de atribuirle una connotación peyorativa a quién se proclame feminista. Aunque existen modos más sutiles de continuar con la desigualdad, especialmente los que hacen referencia al concepto del amor en la pareja, a través del mal entendido “amor romántico”, lleno de mitos y micromachismos camuflados en una sociedad que parece proclamarse “moralmente más igualitaria”.


El proceso de socialización diferencial, no afecta únicamente al ámbito preferente de actuación (público o privado),  como vimos anteriormente, si no a muchos y diversos aspectos de la vida humana y, entre ellos, a las relaciones afectivas y de pareja. Aprendemos, por tanto, lo que significa enamorarse, qué sentimientos debemos tener, de quién si y de quién no debemos enamorarnos, etc…En el caso de las mujeres, y a pesar de los indudables cambios acaecidos en las últimas décadas, al menos en las sociedades occidentales, todo lo que tiene que ver con el amor sigue apareciendo con particular fuerza en su socialización, convirtiéndose en eje vertebrador y proyecto vital prioritario, mientras que en la vida de los varones lo prioritario siguen siendo el reconocimiento social y, en todo caso, el amor o la relación de la pareja suele ocupar un segundo plano. Tradicionalmente, la educación de las mujeres iba dirigida a desarrollar las cualidades necesarias para desempeñar los roles de esposa y madre (incluyendo cuidar el aspecto físico, mantener la belleza, la capacidad de seducir, el atractivo sexual, saber agradar y complacer con objeto de atraer y mantener la atención del hombre que iba a satisfacer nuestras necesidades y dar sentido a nuestra existencia). 

En este marco, el modelo de “amor romántico” que se nos propone como modelo cultural de amor a las mujeres a lo largo del proceso de socialización implica una renuncia personal, un olvido de nosotras mismas, una entrega total, que potencia comportamientos de dependencia y sumisión al varón.

  1. Los mitos románticos:

Un mito no es más que una creencia, formulada de tal manera que aparece como una verdad y es expresada de forma absoluta y poco flexible. Suelen contener una gran carga emotiva, concentrando muchos sentimientos, contribuyendo a crear y mantener una ideología de grupo, lo que hace que suelan ser resistentes al cambio y al razonamiento.
En el caso del amor, los mitos románticos son un conjunto de creencias socialmente compartidas sobre la “supuesta verdadera naturaleza del amor”, y, al igual que sucede en otros ámbitos, también los mitos románticos suelen ser ficticios, absurdos, engañosos, irracionales e imposibles de cumplir (Carlos Yela, 2003):

  • Mito de la “media naranja”, o creencia de que elegimos a la pareja que teníamos predestinada de algún modo, lo que hace que haya sido la única elección posible. Este mito tiene su origen en la Grecia Clásica (con el relato de Aristófanes sobre las almas gemelas) y se intensifica con el Amor cortés y el Romanticismo. La aceptación de este mito podría llevar a un nivel de exigencia excesivamente elevado en la relación de pareja, con el consiguiente riesgo de decepción, o a una tolerancia excesiva en el marco de esa relación, al considerar que siendo la pareja ideal hay que permitirle más o esforzarse más para que las cosas vayan bien.
  • Mito del emparejamiento, creencia de que la pareja (hererosexual), es algo natural y universal y que la monogamia amorosa está presente en todas las épocas y todas las culturas. Este mito fue introducido por la Cristiandad. La aceptación de esta creencia dará lugar a conflictos internos en todas aquellas personas que se desvíen de algún modo de esta norma.
  • Mito de la exclusividad, o creencia en que es imposible estar enamorado/a de dos personas a la vez. La aceptación de esta creencia puede suponer conflictos internos para la persona, además de evidentes conflictos relacionales.
  • Mito de la fidelidad, o creencia de que todos los deseos pasionales, románticos y eróticos deben satisfacerse exclusivamente con una única persona, la propia pareja, si es que se la ama de verdad. De acuerdo con la perspectiva sociobiológica, las relaciones fuera de la pareja son un universal humano, por lo que resultará problemático llevar esta creencia a la práctica y no hacerlo causará sanciones sociales. 

Estos tres mitos (exclusividad, de la fidelidad y del emparejamiento) fueron introducidos por la Cristiandad con objeto de instaurar un nuevo modelo relacional (amar a una sóla persona, tener relaciones sexuales sólo con ella, y que se trate de una relación heterosexual) diferenciando de los modelos relacionales de épocas y culturas anteriores. Los mitos sobre la castidad o la sexualidad como algo pecaminoso, también introducidos por el Cristianismo, tienen el mismo objetivo.

  • Mito de los celos, o creencia de que los celos son un signo de amor, e incluso requisito indispensable de un verdadero amor. Este mito es también introducido por la Cristiandad y constituye un garante de la exclusividad y la fidelidad, anteriormente comentadas. Este mito suele usarse habitualmente para justificar comportamientos egoístas, injustos, represivos y, en ocasiones, violentos.
  • Mito de la equivalencia, o creencia de que el “amor”(sentimiento) y el “enamoramiento”(estado más o menos duradero) son equivalentes y, por tanto, si una personal deja de estar apasionadamente enamorada es que ya no ama a su pareja y, por ello, lo mejor es abandonar la relación. Aceptar este mito supone no reconocer (ni aceptar) la diferencia entre una cuestión y otra, y no reconocer como natural esa transformación, lo que puede llevar a vivirla de modo traumático.
  • Mito de la omnipotencia o creencia de que “el amor lo puede todo” y por tanto si hay verdadero amor no deben influir los obstáculos externos e internos sobre la pareja, y es suficiente con el amor para solucionar todos los problemas. La aceptación de este mito puede generar dificultades en tanto en cuanto puede ser usado como una excusa para no modificar determinados comportamientos, o puede llevar a una valoración negativa de los conflictos de pareja dificultando su afrontamiento.

Estos mitos (equivalencia y omnipotencia) fueron introducidos por el Amor Cortés y potenciados posteriormente por el Romanticismo.

  • Mito del libre albedrío, o creencia de que nuestros sentimientos amorosos son absolutamente íntimos y no están influidos por factores socio-biológicos-culturales ajenos a nuestra voluntad y conciencia. Este mito se expande durante el Renacimiento, Barroco y Romanticismo. Aceptarlo supone no reconocer las presiones biológicas, sociales y culturales a las que las personas podemos estar sometidas, lo cual pude llevar a consecuencias negativas (exceso de confianza, culpabilización…)
  • Mito del matrimonio o de la convivencia, creencia de que el amor romántico pasional debe conducir a una unión estable de la pareja y constituirse en la única base de la convivencia de la pareja. Tal y como se ha comentado anteriormente, a finales del s.XIX se inicia una corriente que vincula por primera vez en la historia los conceptos de amor romántico, matrimonio y sexualidad.
  • Mito de la pasión eterna o de la perdurabilidad, esto es, creencia de que el amor romántico y pasional de los primeros meses de una relación puede y debe perdurar tras años de convivencia. Los estudios realizados sobre el tema coinciden en señalar que la pasión amorosa tiene “fecha de caducidad” con lo que esta creencia es falsa y antes o después así quedará de manifiesto. La aceptación de este mito tiene consecuencias negativas sobre la estabilidad emocional de la persona y sobre la estabilidad de la pareja.

Entre las diferentes conclusiones que podemos sacar de lo hasta ahora expuesto acerca del “amor romántico”, quiero hacer especial hincapié en cómo dicho constructo cultural influye en el mantenimiento de las desigualdades sociales entre hombres y mujeres, que se ve reforzada por la creencia en los distintos mitos. 

Teniendo en cuenta lo dicho, es responsabilidad de hombres y mujeres construir relaciones personales y de pareja más sanas e igualitarias, alejadas de las luchas de poder que dan cabida a manipulaciones, chantajes emocionales, sumisión, violencia…  y por tanto sufrimiento. Para ello es necesario evolucionar y avanzar tanto como personas como socialmente, alejándonos del concepto de “amor romántico tradicional” para crear un nuevo “modelo de amor más igualitario” (¿Amor confluente?, Anthony Giddens, 1992) en el que continuemos socializando a las futuras generaciones, de modo que poco a poco podamos proclamar la tan ansiada igualdad entre hombres y mujeres, tanto en el ámbito de lo “público” como de lo “privado”.

 




 

 



 

 

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