“Lo feo de la belleza”

Los seres humanos sentimos la necesidad de ser aceptadxs por el grupo al que pertenecemos. Deseamos ser queridxs por nuestra familia, en nuestra escuela, por nuestra pareja, amigxs, en nuestro trabajo…La influencia de los demás en nuestro autoconcepto y autoestima va variando a lo largo de nuestro desarrollo, siendo las etapas de la infacia o la adolescencia, aquellas más sensibles a la aceptación de los demás, en donde cualquier comentario negativo acerca de nuestro comportamiento, actitudes, capacidades o aspecto físico cobra especial relevancia, debido a que en esos momentos nos encontramos forjando las bases de la percepción de nosotrxs mismos y carecemos aún de la madurez emocional que nos permitiría mantener un equilibrio y límites sanos con nuestro entorno.


En nuestra sociedad actual, competitiva y de consumo, ha cobrado especial relevancia la importancia de la apariencia física, la belleza, aunque para autores como Nancy Etcoff, profesora de la escuela de Medicina de Harvard, siempre ha sido así a lo largo de la historia de la Humanidad. En su investigación,  que llevaba por título: “La supervivencia de lxs más guapxs. La ciencia de la belleza”, defiende que  determinados rasgos físicos han sido asociados a un buen estado de salud y fertilidad: cabello sedoso, ojos brillantes, piel perfecta, la relación entre la proporcionalidad de una cintura estrecha y unas caderas anchas en la mujer, así como un pecho voluptuoso y en el caso de los hombres una proporcionalidad en su torso, etc… Para esta autora, la percepción de la belleza tendría un componente determinado genéticamente, y no vendría derivado de un condicionante cultural, que de alguna manera garantizaría la supervivencia de la especie humana.


Es posible que nuestrxs ancestrxs se rigiesen por mecanismos básicos basados en este determinante genético que garantizaría nuestra perdurabilidad en el mundo y que en la adolescencia el atractivo físico sea un factor fundamental para entablar relaciones. Sin embargo, actualmente no se considera la adolescencia como la etapa idónea para procrear y al hacernos adultxs comenzarían a influir otras cuestiones en nuestras elecciones, además de que se “presupone” que nuestra autoestima, autoconcepto y madurez emocional están ya más formados…


Una de las razones por las que un físico agradable puede resultarnos atractivo se debe a lo que en psicología se denomina el “efecto halo”, que hace referencia a un sesgo cognitivo por el cual la percepción de un rasgo particular es influenciada por la percepción de rasgos anteriores en una secuencia de interpretaciones. Un ejemplo de esto podría ser asociar a la belleza y al atractivo, éxito social o laboral, felicidad, bondad, riqueza…que evidentemente no siempre se dan a la par…


Pero existen otros factores que también influyen en la atracción interpersonal como son:

  • La proximidad: la mayoría de nuestras amistades y amores tienen lugar con quienes interactuamos con cierta frecuencia. Las personas cercanas nos resultan más accesibles y nos dan más confianza, incrementando nuestra familiaridad y semejanza con ellas por lo que nos resultarían también más atractivas.
  • La semejanza: las actitudes similares o una personalidad similar refuerza la atracción interpersonal. Aunque hay que tener en cuenta que cierto grado de discrepancia puede resultar estimulante, debido a que actitudes diferentes nos aportan el aprendizaje de cosas nuevas y valiosas.
  • La reciprocidad: uno de los factores que influye en el desarrollo de las relaciones es la existencia o no de reciprocidad en la relación, lo cual viene a decir, que resultaremos atractivxs a aquellas personas que nos atraen (Condon y Crano, 1988). Nuestras actitudes relacionales siempre serán más facilitadoras y reforzantes cuando una persona nos agrada generando la misma respuesta en ella (Profecía autocumplida).
  • Rasgos como el afecto y la competencia: el primer conjunto engloba rasgos como afectuoso, amigable, feliz, considerado y comprende importantes señales no verbales como sonreír, mirar con atención, expresar emociones y disposiciones como mostrar agrado por personas y cosas. En el segundo conjunto estarían las habilidades sociales, inteligencia y competencia (Rubin, 1973; Lyon y cols., 1988).

Pese a esto, existen diferencias en cuanto al género respecto a la importancia de la belleza. Hombres y mujeres, en busca de la aceptación por el grupo y resultar atractivxs para lxs otrxs, compiten con reglas diferentes. En el caso de los hombres se realiza de modo multicompetitivo: en base a cuestiones como la inteligencia, la imaginación, la creatividad, la fuerza, existiendo una mayor flexibilidad a la hora de cumplir los requisitos para el éxito, a diferencia que del caso de las mujeres en donde los valores asociados a la belleza, juventud y delgadez se muestran como referentes más rígidos, no dando cabida a la transformación del cuerpo a lo largo del tiempo y siendo uno de los principales referentes de éxito y aceptación. Podría decirse que respecto a la mujer continúa socialmente habiendo una supremacía de su aspecto físico frente a otros factores, pudiendo influir negativamente en su autoestima y autoconcepto, por tanto no se le permitiría salir de su adolescencia corporal, ya que debe cumplir el “imposible ideal de eterna juventud”.

La autora, Naomi Wolf, en su libro “El mito de la belleza”, apunta distintas explicaciones a este hecho, relacionándolas con el grado de poder que ha adquirido la mujer occidental sobre si misma en la historia. Para esta autora, “estamos en medio de un violento contragolpe en contra del feminismo que usa las imágenes de belleza femenina como arma política contra el avance de las mujeres. Es la versión moderna de un reflejo social vigente desde la revolución industrial. Al mismo tiempo que las mujeres se libraban de la mística femenina de la domesticidad, el mito de la belleza ocupaba el terreno perdido y daba el relevo a esa función de control social. Se ha fortalecido para apoderarse de la función de sometimiento social que los mitos sobre la maternidad, la domesticidad, la castidad y la pasividad ya no pueden ejercer.

El mito de la belleza cuenta un relato: la cualidad llamada “belleza” existe objetiva y universalmente. Las mujeres la quieren encarnar y los hombres quieren poseer a las mujeres que la encarnan. Esta encarnación es un imperativo para las mujeres y no para los hombres, cuya situación es necesaria y natural porque es biológica, sexual y evolutiva. Los hombres fuertes se pelean por las mujeres hermosas y las mujeres hermosas son mejores reproductoras. La belleza femenina está relacionada con su fertilidad, y ya que este sistema está basado en la selección sexual, resulta inevitable e inmutable.

El mito de la belleza habla de las instituciones de los hombres y de su poder institucional y está siempre, en el fondo, prescribiendo comportamientos y no apariencia. La identidad de la mujer debe ser fundamentada en la “belleza” para que permanezcamos vulnerables a la aprobación exterior, llevando el órgano vital y sensible del amor propio expuesto a la intemperie”.


Si reflexionamos acerca de estas últimas afirmaciones podemos comprobar como en  nuestra sociedad capitalista ha proliferando enormemente la industria de la belleza. Ayudadxs por una buena campaña de publicidad y márketing, a través de los medios de comunicación, nos refuerzan el imposible canon actual. De modo que, primeramente nos señalan cuáles son los defectos físicos menos deseables para posteriormente presentarnos la solución que la mujer, ahora con poder adquisitivo, debe consumir para corregir “¡tremendo error y defecto!” en busca de esa perfección corporal y eterna juventud. Así, mientras las mujeres se desesperan en la búsqueda de un imposible, la rueda del consumo se mantiene y nos mantiene en un segundo plano socialmente. De hecho, para comprobarlo basta con buscar en internet la palabra “belleza” y ver la cantidad de imágenes, mayoritariamente femeninas, que se asocian a ella, certificando también la asociación belleza, delgadez, juventud y salud…

Evidentemente, esta presión social entorno al físico puede tener consecuencias muy perjudiciales. La anorexia nerviosa o la bulimia tiene mucha mayor prevalencia en las sociedades industrializadas y en un 90% de los casos se observa en mujeres, con un inicio típico hacia la mitad o finales de la adolescencia (14- 18 años), (DSM-IV-TR).

Nuestra autoestima, que se fundamenta en los pensamientos, emociones y creencias de cada unx, es un equilibrio que se ve amenazado constantemente, ya sea por unx mismx, con un autoconcepto incorrecto, o por lxs otrxs, con críticas y ataques a nuestra identidad. Esto nos obliga a estar alerta y poner atención a la respuesta emocional que tenemos ante estos dos peligros. La solución es buscar un estado emocional mediante el refuerzo del autoconcepto (definición de si mismx) y relativizar los ataques y opiniones del exteriorDetrás de la presión sobre la belleza existen intereses: comerciales, sociales, de poder, etc…todo esto hace que cánones que un momento se presentan como referentes rígidos, en realidad no lo sean tanto, ya que en ellos influyen dichas cuestiones.

Si como padres y madres nos preocupa la influencia que esto tiene en nuestros hij@s, preocupémonos por reforzar otras capacidades y cualidades en ell@s diferentes a su aspecto físico, dejemos de hacer comentarios acerca de sus cuerpos, no hagamos primar la belleza y enviemos el mensaje erróneo de que su valor puede ir asociado a su atractivo físico, porque ya la sociedad se encargará de llenar sus cabezas con mensajes de este tipo, fomentemos en ell@s las herramientas que posibiliten una adecuada madurez emocional que les permita mantener unos límites sanos con su entorno, con un equilibrio adecuado para su autoestima.







 

No comments

You must be logged in to post a comment.